martes, 5 de mayo de 2009

CAPITULO 9

Un cielo que no es del todo azul. Que se pinta por toques negros como escupitajos de amargos pulmones carcomidos por una tediosa enfermedad, son las huellas del paso de motores viejos en el aire. Dividiendo el ovalo que perciben mis ojos a simple vista, hay enormes estructuras de forma semicircular coloreadas en gris casi en su totalidad, solo las columnas de asbesto que las sostiene se tiñen de un verde oscuro. Con su convexidad mirando al cielo, unidas en sus orillas con otras de igual forma, que forman una artificial cadena montañosa que atrapan las aguas que rocían ese cielo, no del todo azul.

Sus uniones dan caída a recias cascadas instantáneas, no perceptibles a la vista dado el entubamiento de sus fuerzas. De lo más alto de su estructura hasta el nivel del suelo. De estos techos de aluminio que en su primer nivel aún guarda los buenos recuerdo de la última fiesta de aniversario del mercado de “La subasta” en la central de Abastos, polvorosos, que cuelgan de las columnas que sostiene las estructuras. Flores de blanco plástico divididas por popotes de igual color que ahora, cumplen su misión de llevarnos directamente al recuerdo de esa alegría. En su segundo nivel cables de energía eléctrica y de teléfonos mal tensados que amenaza en caerte encima y dejar incomunicada esta ala de la distribución del distrito federal; por ultimo, el tercer nivel, que abrigan un sin fin de frutos, de hiervas, de legumbres. Un escaparate a todos los productos de nos obsequia nuestra madre naturaleza, para mitigar el dolor de nuestros estómagos. Todos los colores, sabores, formas, olores, combinaciones, Dicen presente por estos lugares. Nacidos bajo la tierra, sobre los árboles, en arbustos, en enredaderas, de suave o firme consistencia de sabores dulces como las zanahorias, los elotes, calabazas, jitomates o fuertes como el berro, los rábanos o cebollas. Todos y cada uno de ellos me invitaban a devorarlos para conocerlos más de cerca.

Los pasillos hundidos en aguas redentoras que dan la sensación de que caminas sobre ríos enanos. Como si fueras un gigante. Los puestos de madera pintados de anaranjado, en la zona de venta de las zanahorias, de igual color son los plásticos que los cubren para lograr una ilusión de madurez en los frutos colorados. Al cruzar la calle de inmensos cráteres obscuros en sus orillas pastan puestos de comida preparada para los vendedores, carretilleros y clientes: Hay sopes verdes o rojos de un gran tamaño, carnitas de cerdo acompañadas de una salsa verde martajada y puños de cebolla y cilantro picado que le dan los condimentos perfectos para redondear el sabor de la combinación de trompa, nana, cuero, buches que luchan dentro de una caja de madera con plásticos para tratar de mantenerse inútilmente calientes. Ya dentro del territorio de los peatones me detengo en un puesto, que llegó hasta él por la incomparable mezcla de aromas; entre el humo de carbón y maíz fermentado con cal y nombrado nixtamal, recién cocido. Dentro de un carrito de supermercado hay un anafre lleno de brazas ardientes que en el máximo de su pasión, en cuesta abajo ( como dice el tango) se convierten en cenizas: “polvo eres y polvo té convertirás” ( como dice la Biblia) pero en lo alto de su cabeza luce la corona hecha por un comal con dos “ agarraderas” que parecen sus orejas, amarradas del carrito del supermercado. En palanganas de color verde que forman las entrañas de estos antojitos de tortillas doraditas: Flores de calabaza, fritas en aceite con cebolla picada acitronada, espinacas que la señora presentaba como quintoniles a la gente no muy docta en la materia, requesón frito con epazote y chile de árbol, tiras de zetas enorme con rajas de chile curesmeño, un pollo desmenuzado que se veía triste en un delgado caldillo de jitomate frente al enorme colorido de los demás guisos, un chicharrón de exquisita cara, estaba remojado en salsa de chile guajillo y, dado que, la señora vendía también chicharrón todas la moruzas que le iban quedando las lanzaba a la salsa y ¡listo! La carnosidad del producto hacia el resto. Los tozos de puerco dorado prácticamente nadaba frente a mis ojos como la dama de siete velos invitando al más peligroso placer.

Me acerque cautelosamente y después del clásico: Buenos días, ordené una de requesón y una de hongos con queso. Cerca del carrito en uno de los techos tenía la masa, una máquina manual para hacer tortillas y una cubeta llena de queso Oaxaca deshebrado, ahí, de rápidos movimientos arrancaba una bolita de la blanca masa a la totalidad de la misma y la ponía sobre un plástico que estaba encima de la “ mentada “ máquina, para después casi lanzando todo su peso a la palanca, que dejaba y la señora de puntitas, lograba convertir la graciosa bolita en una tortilla ligera de forma definida. Retiraba el plástico y la lanzaba al comal caliente, insertaba el relleno y la doblaba, lanzaba un chorro de aceite sobre ella y dejaba que se cociera. En el poco tiempo que estuve ahí devorando mis “ quecas “ pude ver la gran cantidad de gente que se reunía para saborear este manjar digno de cualquier selección gastronómica internacional. Los rostros de los comensales, en cada mordida, comenzaban a tomar forma del mío, como si todos nos miráramos en enorme espejo, el tiempo se volvía de dudosa veracidad. Me sentía como uno de mis antepasados aztecas. Debió de ser de esa forma, en la que comerciaban y comían los antiguos guerreros de estas tierras. Aquí, ahora, he encontrado una raíz que nunca sentí tan propia.

La gente se arremolinaba en torno a “ doña Juana “ ( toda un chef mexica.) Yo, acomodándome el taparrabos y el penacho y pidiendo una de chicharrón, le pregunté por que no traía un tanque de gas para hacerlas rápido su labor, y ella me contesto que no estaba permitido con el pretexto de la seguridad, pero más bien, era una forma de mantenerlos desarraigados de su lugar de trabajo para que en cuanto no pagaran sus “ cuotas “ desalojarlos inmisericordemente. A pesar de los siglos, algunos tipos de tributos y migraciones continúan.

Pagué, me despedí, mostrándole todos mis respetos a esta artista del comal y continué la búsqueda.

Al llegar a la siguiente banqueta, toda la decoración cambia; todos los puestos y los plásticos ahora son de color verde para dar el mismo efecto pero con: verdolagas, brócoli, lechugas, hojas de plátano, espinacas, berros, acelgas y las famosas “ parejas “: Cilantro y perejil. Poro y apio ( tan famosas como: Batman y Robin, Fred y Ginger, Tin tan y Marcelo, etc.. .)

Estos puestos, quedan a la altura de tu cadera permitiéndote imaginar que fueran edificios, que a tu paso los perdonas al no golpearlos y derrumbarlos bajo la fuerza de tus puños. Cuando se voltea una niña de tenue piel morena con su largo cabello sostenido difícilmente por una peineta apunto de rendirse. Como la canción que recuerdo ahora y comienzo a cantar sin dejar que las palabras salgan de mi boca ( mi voz es tan mala Que solo canto para mí) “ En las tardes con la lluvia se baña su piel morena, y al desatarse las trenzas sus ojos tristes se cierran”. Con este parpadeo, escapando de la enorme magnitud de unos ojos obscuramente hermosos, tomo una de las miles de zanahorias que vende en sus edificios ficticios y me la llevo rápidamente a la boca y la trituro escuchando en el fondo de mi cabeza gritos de suplica de esa persona diminuta, que toman el lugar de la canción de Guadalupe Trigo, con un sabor entre Manzana y lechuga, que traspasó las fronteras de los colores naranjas que le correspondían en una calle anterior.

Mientras, siento en los pies la frescura por los agujeros que el tiempo a formado en la suela de mis botas, tan agradable en épocas de calor, pero asesino en los fríos de ocaso del año, en fin, que aquí, el agua, como los minutos jamás dejan de escurrir. Estas, también como los plásticos que forran los puestos, se pintan de los colores de los vegetales que limpian y refrescan para que engañen a la vista del comprador, y después de haber cumplido su labor maternal, es decir, la preservación de la vida, estas, ruedan en caída libre por los puestos; hacia el suelo, hasta las calles, que llegan en línea hasta las alcantarillas que no logran conducir el cauce de sus fuerzas, y se concentran en las orillas de las banquetas como pequeñas lagunas que a falta de perpetuidad defienden su color y su olor. Cada calle es perfumada por la verdura que resguarda, ahogada en agua, con un poco de sol, que viene a ser el catalizador de ambos elementos para crear uno nuevo, distintivo, como una especie de letrero para designar a cada una de ellas.

Así, con este abrasador sol del medio día las aguas comienzan a Debatirse entre su estado liquido y gaseoso, permitiendo que todo el mercado de la subasta se convierta en un gran “ aspiratorio “, donde aún un ciego que navegara por los pasillos sabría que tipo de verdura esta sembrada donde esta parado. Siempre he pensado que la central de abastos es una fiesta para los sentidos, especialmente para el sentido del olfato. Sin importar el área donde te encuentres de este inmenso territorio, desde el mercado de mariscos “ la nueva Viga “ hasta el pasillo de menudeo “ I, J “, desde los abarrotes y chiles secos del pasillo “ la lonja “ hasta la esquina de las flores, es imposible no dejarse guiar por la nariz, y sentir que de nuevo, esta, vuelve a la vida.


Recorro uno a uno los pasillos. Me conduzco sereno, lleno de una sensación de reconciliarme de nuevo con mis tan vapuleados cuatro sentidos restantes, dejar a un lado mis ojos y permitir que los otros jueguen en este jardín innagotable de sensaciones, y mis ojos, en la más completa revancha impiden que lleguen a mí Las caras de la gente que me rodea. Por una especie de espejismo, de los vapores con sabor a frutos tiernos que se levanta aquí, no se me presentan diferentes, tal vez es un reto para que me dé cuenta de lo inútil que soy sin esos dos ( uno de cada lado.) Invitándome a encontrar diferencias, oliendo cada persona como si yo fuera un perro. Todas son las mismas. Los mismos ojos rebeldes y vanidosos, dos y uno en cada lado, que a la distancia se saludan con sus decenas de brazos protectores; la misma nariz, con dos ventilas obscuras tan cerca una de otro como dos hermanos que duermen en la misma cama, asustado cada uno de ellos de sentir el calor del cuerpo del otro; una boca, que desea por todo el cuerpo que su satisfacción sea cubierta, que grita todo, lo que todos el demás cuerpo le imploran que grite. Todos me son iguales.

Doy vuelta, sobre mis pasos, redondeo mis manos al juntarlas, me muevo un poco a la izquierda para dejar pasar a ese niño que se divierte en una vieja bicicleta, en la cual, no puede sentarse en el asiento a causa de su tamaño, así que apoya uno de los pies en el pedal y el otro lo mete a través del cuadro para llegar al otro pedal, en su cara, igual a todas, se manifiesta los pocos años que lleva en la tierra. Su boca, alzada en sus orillas dejando que sus dientes salgan a tomar el sol, es la muestra de que su cuerpo, a partir de su boca, ha logrado la satisfacción.

Volteo y lo miro como se empequeñece a la vista, pero puedo aún escuchar como sus chiflidos de alerta escapan de ese colchón de voces, caída de agua, ronquidos de carretilleros y comerciantes que duermen un rato tratando de recuperar las noches ignorando al sol con una cobija sobre la cara. ¿ Cómo pueden dormir así, con este calor? , Recostado sobre tablas o sobre sus diablos, el cansancio es arduo, las horas del día y de la noche son las mismas para el que tiene hambre, son las mismas para descansar, dormir, comer, o tratar de divertirse. Para todo ello tiene un aliado destructivo, paro al final de cuentas: útil: El alcohol, dos “cubitas “ de ron con coca, dos tragos de tequila solito, tres cervezas bien frías... cualquier cosa es buena para dormir así, para reírse de alguna tontería, o para mantenerse despierto y calientito en las inclementes madrugas y corretear y negociar con la gente de los camiones de provincia que llegan hasta aquí con la esperanza de lograr un buen precio por su producto, cosa que regularmente no consiguen. Sobornar con estos tragos de “ agua de fuego “ a la patrulla de policías que rondan las aceras cuidando el orden (del desorden, nunca les ocupa), esta, se compone de tres elementos; un hombre y una mujer, los que regularmente no se pueden diferenciar y el personaje superior que es único que lleva pistola al cinto, estos, se acercan a disolver o a cobrar por dejar continuar los combates que se libran en las azoteas de los edificios, batalla medieval en que reyes de espadas o vastos de enfrentan a reinas de corazones u oros mientras los jotos contemplan la arrogancia de ambos bandos que se saben correctos y luchan por una supremacía a partir del poder, nunca de la seducción.

- Órale mi jefe, chinguéese un cubita.

- No, estoy en servicio, mejor júntense para el refresco, si esta rebueno el juego.

Miro a mis alrededores y de nuevo siento en mi piel como todos los elementos de la naturaleza de los campos de la republica mexicana parece que viaja con sus productos hasta el distrito federal, y en esta zona donde se conjugan todos los frutos más disímbolos de todas las latitudes de nuestro México, las lluvias son más tenaces, los vientos más veloces, el calor más ardiente, los truenos más brillosos y ensordecedores. La madre naturaleza viene hasta aquí, como cualquier emigrante que busca una mejor vida en la ciudad más grande del mundo, sentado en una calle viendo como pasan miles de gentes montadas en automóviles pensando: “Si todos esos “ batos” lo lograron ¿por qué yo no? Y así, alcanzar a sus hijos y desatar sobre los “ chilangos “ una muestra de su poder.

Cruzo otra vez la calle dejando atrás imágenes vivas de babosos nopales, cautelosos de no morir de sed y cuidando el agua que corre por sus entrañas volviéndola viscosa saliva, impidiendo esa contienda entre su estado liquido y gaseoso. Nopales, signo inequívoco de que mi madre tierra, como cualquier madre hace cualquier sacrificio para que sus hijos tengan algo que llevarse a la boca. Nopales es el preciado insulto para todos los nobles de raza más pura que habitan aquí. Nopales, fruto de inclementes zonas, gruesamente armados por espadas punzantes prestos a defender la responsabilidad de vivir en este lugar que presenta los retos a lo que se enfrenta cualquier mexicano, orgullosamente: Nopal, cuidadosamente apilados en grandes barreras de casi dos metros, nopales enrollados en orden ascendente uno tras otro como piezas sueltas de una cadena industrial que promete al equipo un producto terminado generador de una invaluable plusvalía. Nopales, que al saberse tan cerca, se retan y luchan por el espacio vital encajándose uno a otro las espinas de sus armaduras y dejar que en la huella del desarraigo de su tierra, aún, sigan siendo hermanos. Nopales, que tan ricos los prepara “ don seco “ con charalitos en salsa verde, en dos tortillas recalentadas sosteniendo un arroz rojo.

Alcanzo la otra banqueta apresurando mis pasos para no ser atropellado por viejas camionetas, repletas de adornos que muestran el orgullo de quien les pertenece; antenas coloridas por tiritas de plástico, puertas que cumplen con leyes de transito desarmando, aunque sea un poco, a esos policías ladrones que les merman todavía más sus contadas ganancias, ésta, demarca su labor pero que en su constante afán de festivalizar sus pertenencias, pintan las sandias que viajan en la parte trasera, caricaturizan limones, cita orgullosos el nombre y dirección y estado del que proviene el conductor “personalizando” su transporte con frases en calcomanía pegadas en la parte superior del parabrisas o pintadas en la cabina, desde un provocativo: “ Me ves y sufres “ hasta un descriptivo: “sencillo pero elegante”, o elevando una plegaria a Dios por el pronto regreso: “ Con el cuidado de mi virgencita “, pero poco nos enorgullece mas que el color de nuestro equipo favorito de Futbol, signo total de pertenecía, a un clan, a un gremio, a una tribu que por medio de elegir a los más capaces para competir en nuestros nombres frente a mediocres enemigos inflados por los medios de comunicación, o, mexicanos mal nacidos por tener extranjeros en su equipo, o estrellas “ personalistas”, les ofrecemos todo lo que somos en sacrificio. Equipos de diferentes ciudades, de diferentes universidades, de grandes empresas, todos tiene su fiel cúmulo de seguidores que apuestan, pelean, apoyan a su equipo, que siempre será el mejor.

Los momentos en estas latitudes tiene un sabor dulzón, llena mi cabeza visiones exquisitas que llevo a mi boca a partir de mi imaginación. Saboreo cada una de las esferas, los tubérculos, las raíces apoyándome en esa visión en la cual tomo el objeto entre mis manos y calculando mis fuerzas la azoto contra el suelo. Todos mis sentidos aprecian el quebrarse del fruto, lo levanto de nuevo llevándolo impetuosamente a mi boca sintiendo como los jugos de su interior se escapan por las dos comisuras de mis labios, purificando mi pecho con la inocencia de los nutrientes de dadivas no tan muertas que regresan a la tierra y cansadas del aburrimiento de sostener los pasos, prefieren transformarse en alimento y energía de esos pasos que aún así, no tiene la menor idea hacia donde dirigirse.
El azúcar rojo del fruto corre de mi lengua hacia mi garganta como una multitud asustada, conservo en mi boca las negras semillas que me dispongo a escupir, en los colores patrios de la sandia el negro no esta incluido ( ese solo simboliza mi destino.)

Volteo rápidamente al escuchar un grito, la queja no es de auxilio, sino de resignación. Tras de éste, un payaso mugroso corre desesperadamente como si no llevara un rumbo fijo; sin la necesidad de llegar a algún lado si no, solo, alejarse de donde ésta. Lleva en su mano una guitarra vieja de Paracho con cuerdas de acero, roída de ese lugar ( entre la tercera y la cuarta costilla) donde todos los impulsos de crear música chocan con tu imbecilidad de tus primerizas manos. El payaso me atropella cayendo encima de mí, logro contemplar un horizonte marítimo en su rostro, un puente sobre aguas tempestuosas ( como dijo Simon & Gartfunkel) en sus ojos, su maquillaje corriente cae lentamente por la acción del sudor y las lágrimas, cara a cara en verticalidad, uno a uno y contra el suelo. Como líneas paralelas que jamás se juntan logro despertar cuando escucho, de nuevo el lamento de una voz resignada que se pierde justo en el momento en que resuena la caída hueca de la guitarra del payaso. Como si descubriera él, un acertijo en mi mirada, su llanto se detuvo de la sorpresa, su boca abierta dejó escapar saliva viscosa, como si le impidiera llevase dentro una bocanada de aire. Rápidamente se levantó y jalándome de la chamarra me dijo: “ por favor, sálvelo” Y continuó su carrera hacia donde nada ni nadie pudiera encontrarlo. Yo, contrario a mis costumbres me interno solo en este territorio desconocido, corro con toda mis fuerza, en cada paso la desesperación hace presa de mi frente, traspaso una calle esquivando los baches tratando de no disminuir mi velocidad, paso junto a la niña de los ojos bellos y tomo la escoba que esta recargado en costales de pedazos de zanahoria, pego un brinco sobre los techos, sobre los frutos, logro distinguir la escena: Tres infames hombres tratan de dar muerte a un anciano que de espaldas a una carretilla ( que para acabarla de chingar también le llaman “ diablo “) trata inútilmente de defenderse.

Estiro mis alas, afilo mi espada... mis sandalias vuelan al quedar mis botas enganchadas.

Golpeo al primero en la nuca con lo incandescente de mi espada. Giro sobre mi propio eje cayendo de espaldas al segundo, lanzándome de cara al suelo, sosteniéndome con mis manos estiro mis dos piernas armadas con dagas asesinas que entierro en el vientre del segundo. El tercero se prende a mi cuello encajando sus colmillos con todas sus fuerzas, desarmándome de mi aureola ( clásica técnica que enseño Azrael a los esbirros de Luzbel en su diplomado “ la excelencia y calidad total de la muerte de un Arcángel “), golpeo su estomago con mis rodillas, despliego mis alas y vuelo con él a cuestas tratando de desprenderlo de mí. Siento fluir mi sangre, caer gota a gota los primeros embates de la debilidad en mis piernas y la forma en que este serafín diabólico la bebe con placer, la dulzura de la sangre de los arcángeles es el mejor premio al valor de estos demonios. A partir ahí, solo fue a partir-le su madre a los cabrones, los miles de golpes de mi espada en sus alas desprendían ese característico olor a plumas quemadas que queda como testimonio de la batalla entre el cielo y el infierno en la tierra. Estas dejan de oponer resistencia a la dirección de mi vuelo, y lo conduzco directo a una de las columnas verde oscuro, encojo mis alas con fuerza sobre mi espalda para apoyar a mi pecho, con la segunda ley de Newton en mi mente, me dejo caer sobre la cabeza del demonio contra la muralla, verde que sostiene las estructuras que albergan este odio mortal que los hombres solo lo pudieron haber aprendido de nosotros, ya que Dios es todo amor. Logro escuchar el crujido de su Cráneo y con el, ráfagas de sangre corren por sus orificios bucales y nasales, que pintaban toda clase de mucosas que segregan los cuerpos no tan corpóreos, sesos que revientan al lograr escapar, tiñen mi chamarra de blanco rojizo, pero este mendigo, como un perro de combate mantiene las mandíbulas firmes, apretando mi cuello. Desciendo con el cadáver a cuestas y el primero de los demonios totalmente repuestos enciende su espada ardiente, me echo para atrás y me cubro con el cuerpo del demonio, su espada roja es enorme, en influencia directa de Azrael que ahora es el ídolo de todos estos serafines pubertos.
Al contacto con el aire silva una tonada de muerte, ( nunca se deje al alcance de los niños.) Apuntando lo mejor que puedo a los golpes del demonio el cuerpo colgado comienza a caer en pedazos, desesperado apunta a mi cabeza pero como la espada es más pesada de lo que puede cargar no logra golpes certero y perfora la cabeza de su compañero que traía prendida al cuello y estuve libre.

- Ahora si carbón chamaco, prepárate a morir.
- Perro cobarde, mi jefe Azrael esta a punto de encontrarte. Ahora me lo llevo a él y luego a ti.
- Pero que falta de respeto, cada vez estamos peor, apenas me descuido un poco y cualquier “ diablito de Chapultepec “ me amenaza... Adiós.

Gire mi cara y mi aureola recobro su lugar, encendí mi espada, me lance sobre
El que ya me esperaba con un gesto de furia chocaron las espadas gire y volví a golpearlo
Me hice hacia atrás y brinque esquivando un golpe a mis piernas, en el aire desplegué mis alas dejé que tomaran el mando y me lacé en contra de mi enemigo, éste, dio tres saltos mortales hacia atrás y puso su espada sobre la cabeza esperando el impacto, moví la cabeza y lance mi aureola, éste la golpeo con su espada bajando la guardia, y yo lo golpee con la mía directo al cuello viendo como volaba su cabeza.

Me recline para tomar aire y esperar el tercer enemigo, cuando a lo lejos observe como el anciano, lo ahorcaba con una cuerda vieja que colgaba de su carretilla, me acerque lentamente a él y me dijo:

- ¿ Has venido por mí?

- Creo que así es, ¿ estas bien?

- lo suficiente para seguirte, ¿ ganaremos la guerra Gabriel?

- No lo sé Jefecito, pero tú ya hiciste tu parte, venciste a Luzbel, eres grande anciano. Los niños te contemplaran con la misma adoración que estos animales siguen a Azrael, por favor jefe ayúdales a aprender las buenas artes para que puedan defenderse, estos cabrones esta bien preparados.

- Haré lo que pueda Gabriel, pero tu siempre fuiste mejor maestro que yo.

- Y tu mejor guerrero.

- ¿ Crees que puedas vencer a Azrael ?

- Chale jefe, voy a hacer lo que pueda, pero esta cabrón ¿ no? – Miguel sonrió y me miro con ternura –

- Me había olvidado de ti Gabriel, y de tu florido lenguaje – sonrió con dolor - en este momento esperaba ver a Uriel o Rafaela, ¿ los has visto?

- No jefe, la discordancia del tiempo en que caímos lo hace muy difícil sino es en el momento de... ejem. Bueno tu ya sabes.

- Si, no solamente lo sé, si no lo siento, llévame a casa, ya estoy muy cansado.

Le quité su sombrero de paja, que decía escrito con un plumón: “ yo soy Miguel “.
, Todo él, de gran estatura, de peso completo, güero y colorado; su cabello canoso de los años de lucha con el rey de los infiernos, sucio con los brazos, las piernas y la cara llenos de tierra; con sus zapatos destrozados de tanto andar por todas las bodegas y pasillos de la central de abastos, sin calcetines, pantalones rotos cafés y una camisa blanca con una enorme mancha de sangre en su costado izquierdo hecho por esos tres mercenarios cobardes, que solo en bola pudieron con semejante guerrero. Aún con el aroma a queso de puerco y chiles en vinagre que seguramente comía cuado comenzó este último duelo. Sus profundos ojos azules no se cerraron al exhalar su ultimo aliento se quedaron fijos en el cielo, en la ruta que tomaríamos al hogar, el sendero se despejaba. Túnicas, alas, largas cabelleras y miles de trompetas formaban fila para la ceremonia de bienvenida. Lo acosté sobre su carretilla, mientras la gente se comenzaba a reunir en torno a nosotros, dos señoras los cubrieron con una sabana blanca y encendieron sirios a sus alrededor, las oraciones comenzaron a sonar, éstas, se confundían con el gemir de las trompetas celestiales, y junto con ellas subió él a tomar de nuevo guardia a la izquierda de nuestro señor, satisfecho de la labor cumplida. Arranqué un viejo escapulario que pendía de su cuello y me aleje del lugar, contemplando certeramente en toda esa gente la cara sucia, hambrienta, valiente y llena de esperanzas del arcángel Miguel.

A lo lejos escuché un silbato, un alboroto, la voz de doña Juana que me gritaba: Córrale joven, que le cae la policía.

FIN.

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